lunes, 29 de agosto de 2011

la conquista del espacio II

Hace unos días os contaba como nené había comenzado a gatear. Su progresión ha sido sorprendente, al menos a mí me ha pillado desprevenida. De repente he tenido que encontrar otra manera de estar con él. Ha sido pasar del ying al yang, de la calma de tenerle en mis brazos al revuelo de seguir sus aventuras.
Comenzó por dar tímidos paseítos para irse alejando cada vez un poco más. Después empezó a seguirnos por la casa y finalmente a salir de la habitación en la que estamos para irse a explorar por su cuenta.
¡Se me derrite el corazón de amor cuando le veo volver por el pasillo de una de sus excursiones y tirarse a mis brazos o a los de su padre!
Hoy ya ha sido la culminación cuando al oír la puerta de la entrada ha venido gateando a recibirme.

Por suerte unos días antes que nené comenzara a ponerse de pie y a gatear conocí el blog de Lucre Experiencias de una madre Pikler y más tarde el de Noraya El rumor de las libélulas y me empapé de todos sus conocimientos Piklerianos.
Como me resonó mucho lo que explicaban decidí darme la oportunidad de experimentarlos y aguantarme mis ganas de alcanzarle los objetos a nené,  de “ayudarle” a experimentar el espacio…
Me he limitado a preparar un espacio seguro para él, en el que pueda moverse con libertad e ir eligiendo que quiere coger, probando donde y cuando quiere ir… y al mismo tiempo estando atenta, presente y disponible para cuando el necesitara de mi apoyo.
Varias han sido las veces estos días que he tenido que tragarme un “cuidado”, sujetarme las manos para ayudarle a subir o a bajar de los sitios, permitirme que se diera un coscorrón o que llorara cuando no conseguía alcanzar a la primera el objeto de su deseo.
Observándole estoy aprendiendo de su capacidad de autorregulación, su curiosidad, su tenacidad, de su pasión por la vida.

Para mí está siendo una revolución. Su conquista del espacio me ha puesto en contacto con temas nucleares para mí: la confianza, la libertad, los límites y por supuesto el respeto.
De alguna manera sus primeros movimientos corporales me están haciendo cuestionar mi forma de moverme en el mundo.
Mi pequeño gran maestro me está ayudando a plantearme algunas preguntas:
¿Me permito la espontaneidad en mis movimientos vitales?
¿Soy capaz de entregarme libremente al placer, a experimentar lo desconocido?
¿Saboreo otros lugares, otros espacios, otros países, otras culturas con curiosidad,  con apertura?
¿Fluyo al moverme en situaciones diferentes, con personas desconocidas?
¿Me rindo, tiro la toalla de antemano ante una situación a priori difícil, o confío en que puedo y me atrevo a experimentar diferentes soluciones?
¿Se retirarme desde el auto respeto cuando siento que no puedo conseguir algo, de dejarlo para otro momento, para otra ocasión?
¿Soy capaz de buscar refugio y apoyo cuando me siento dolida, superada, cansada…?
¿Celebro mis triunfos?
¿Me preparo entornos seguros para experimentar?

¿Los límites?… ¡puff, otro día os contaré de los límites porque estoy comprobando que poner límites de una forma amorosa y firme es todo un arte que aún estoy lejos de dominar!

viernes, 26 de agosto de 2011

¿si una mujer no tiene hijos le falta algo?

pintura: María Baylac
  “…Una vez me preguntaste ¿si una mujer no tiene hijos, le falta algo? Sinceramente creo que si nunca has tenido un hijo no lo puedes echar en falta, que una mujer sin hijos puede ser muy feliz y sentirse muy bien y realizada, pero una vez lo tienes… para mí sería impensable vivir sin seguir el proceso de crianza, de aprendizaje y de despegue de mi hijo. Creo que es lo más difícil y lo mejor de la vida!!!...”

Estas eran las preguntas que yo les hacía a mis (santas) amigas hace unos meses cuando las veía en su planeta mamá, agotadas, desbordadas y al mismo tiempo sonriendo felices y  embobadas.
Veía los cambios que la maternidad había producido en sus vidas, sabía que lo que me contaban era muy importante, pero de verdad que no acababa de entenderlas. ¡Cómo si me estuvieran hablando en finlandés!
Ahora sí, ahora (¡por fin!) puedo entenderlas porque como me escribía esta amiga el otro día “una vez que lo tienes”…

No sé cómo sería ahora mismo mi vida si nené no estuviera en ella, solo sé que ahora no puedo ni quiero imaginarme mi vida sin él.
Claro que seguiría viviendo, y encontraría motivos  y maneras de hacer mi vida interesante, de seguir creciendo por otros caminos. Y no, no encontraría falta, porque no sabría que echar de menos, como no se añora el amor romántico o el buen sexo hasta que no se ha vivido. Porque por mucho que leí sobre maternidad, por muchas cosas que me contaron e historias que compartieron, la maternidad no es teórica, es vivencial y es única.

Personalmente la maternidad me ha vuelto del revés y a diferencia de otras crisis vitales que han movido mis cimientos como un terremoto tirando todo a su paso y dejándome en un desierto, la maternidad ha sido como un monzón, suave y constante, que está inundándolo todo haciendo la tierra más fértil.

Si, ahora sé que si yo no hubiera sido madre me hubieran faltado muchas cosas, como mujer y como persona.
Me hubiera perdido sentir dentro de mí como crecía una nueva vida, como mi cuerpo se ensanchaba y amoldaba para acogerla.
Me hubiera perdido sentir el poder femenino e instintivo, la flexibilidad y la fuerza de mi cuerpo al abrirse para parir.
Me hubiera perdido el placer de nutrir a mi hijo con mi cuerpo, con mi leche, con mis miradas y caricias.
Me hubiera perdido vivir un amor sin condiciones que milagrosamente crece y crece cada día, abundante, infinito.
Me hubiera perdido sonrisas que iluminan el alma, abrazos que abarcan el mundo, miradas que descubren la vida, piel que estrena caricias, cuerpo que se descubre en placer, sonidos y movimientos.
Me hubiera perdido el conocer el padre que habita en mi compañero de vida, la suavidad de su fuerza, la firmeza de su sostén, el canto de su voz, la delicadeza de sus manos…
Me hubiera perdido la conexión con mis raíces, con el universo femenino, suave, cíclico, cálido, envolvente, nutricio, generoso, visceral, intuitivo, calmado…
Me hubiera perdido…
pintura: María Baylac
 No, no echaría nada en falta, aunque ahora sé que me hubiera perdido a mi misma.

lunes, 22 de agosto de 2011

la línea púrpura

Leyendo algunos relatos sobre partos hospitalarios he comprobado que una de las prácticas más habituales y más molestas son los tactos vaginales 
Según la opinión de los facultativos y de la información disponible en la red*, parece que la única manera de saber cómo está progresando el parto es a través de los tactos; así que una vez ingresas en la maternidad cada tres por dos aparece alguien que te levanta la camisola, te mete los dedos hasta el fondo y cuantifica el progreso y la eficiencia (que no eficacia) del trabajo de parto.  Me recuerda algo así como si estuvieras en un examen y el examinador (y el bedel, y la señora de la limpieza, y uno que pasaba por ahí…) se paseara entre las mesas meneando la cabeza y diciendo “señorita, solo ha contestado 3 de las 10 preguntas y ya llevamos aquí 45’… a este paso va usted a dormir aquí… y además las preguntas que le quedan son las más complicadas…” ¡por dios, que nervios, así no hay quien se concentre!

Pues perdonadme, pero yo no acabo de entender el interés de los profesionales médicos en realizar sistemáticamente una prueba que es invasiva, dolorosa e inexacta. Sí, inexacta, porque debe de ser realizada siempre con la sufrida parturienta en la misma postura y por las mismas manos, y parece que algunos paritorios tienen puerta giratoria y hay más gente palpando que turistas en las playas levantinas en pleno mes de agosto.
Aunque para mí lo peor de los tactos no es la subjetividad de los resultados, sino el estrés que las invasiones de intimidad, los comentarios, la falta de delicadeza, la exposición a tocamientos y miradas ajenas, pueden producir a la futura madre sacándola del estado de recogimiento que se necesita para segregar las hormonas que ayudan al trabajo de parto.

Y con todo esto, voy a contaros lo que increíblemente parece ser un secreto ¡hay otras maneras igual de eficaces de comprobar el desarrollo del trabajo de parto que además son absolutamente respetuosas con la mujer! 

La primera de ellas es tan fácil (o tan difícil) como la ObSeRvAciÓn. ¡Qué me dices, MaGiA! Pues sí, acompañar (que no dirigir) a la mujer durante todo el trabajo de parto permite ir observando los cambios en la respiración, en los movimientos, en las vocalizaciones, en las posturas, en la energía… y para un profesional formado y experimentado esto debería ser suficiente para determinar las fases del parto y el estado físico y emocional de la mujer. Claro que esto supondría la permanencia (preferiblemente en quietud y silencio) de est@ profesional al lado de la mujer durante las horas que durase el parto y en los tiempos que corren no estamos para perder el tiempo.

Si, si, muy bonito, muy ideal, muy bucólico… pero estamos en el siglo XXI, aquí queremos más acción, queremos algo tangible, medible… Pues mira, hoy tengo soluciones para todos los gustos; resulta que también hay una prueba tan fiable o más que los tactos, totalmente cuantificable, fácilmente observable y nada invasiva ¡imposible, te lo estás inventando, ya hubiéramos oído hablar de ella…! No, señor@s mí@s, cierto como la vida misma y antigua como el mundo, aquí les presento a La LiNea PúRPuRa.


Os copio la definición, el resto del artículo de Lesley Hobbes, traducido por Mireia Marcos, se posteó en Bebés y más y en Comadronas Radicales.

La línea púrpura es una línea que asciende desde el ano hasta el coxis (rabadilla) conforme va progresando la dilatación del parto. La observación de ésta línea por comadronas experimentadas puede ser una alternativa a los tactos vaginales, puesto que dependiendo de la altura a la que se encuentre la ascensión de la línea púrpura, pueden saber de cuántos cm estamos dilatadas. Esto, además de evitar los molestos y dolorosos tactos, nos ayuda a prevenir una infección por tactos innecesarios, muy usual en mujeres de parto con membranas rotas y constantes tactos por parte del personal sanitario. También puede resultar útil observarla antes de ponerse de parto para saber en qué momento (que no sea demasiado pronto) acudir al hospital cuando éste ya haya comenzado.
La línea púrpura comienza a observarse por encima del ano cuando la mujer está entre 0 y 2 cm dilatada; entre 4 y 5cm la línea puede verse a mitad de camino entre el ano y el coxis, y con 10 cm de dilatación la línea púrpura se completa.

Y después de leer todo esto quizá alguna os estéis preguntando ¿si este método resulta, porque no utilizan la observación de la línea purpura para  comprobar el estado de la dilatación? 
Sinceramente no lo sé*. ¿Quizá porque prefieren tenernos tumbadas con las piernas abiertas que agacharse ell@s a mirarnos el culo?

Y para acabar, por si a alguien aún le quedan dudas, os diré que yo parí sin que me hicieran un solo tacto.

Así pues señor@s profesionales de instituciones paritorias varias, que sepan ustedes que para acompañarnos (que no ayudarnos) a parir… ¡más mirar y menos tocar!

*Me ha resultado curioso y quería compartirlo con vosotr@s que al buscar información para este post me he encontrado con que si googleas “línea púrpura” en la primera página solo salen 3 resultados e imágenes ¡ninguna!
*Todo lo que aquí expongo está basado en mi experiencia personal y en los conocimientos adquiridos investigando en libros y en la web; cualquier aportación, matización o correción sobre la línea púrpura será bienvenida!

viernes, 19 de agosto de 2011

premi-ando


Los premios siempre me han dejado una sensación ambivalente. Por una parte me quedo más feliz que una niña con zapatos nuevos y por otra me dejan más inquieta que un ciempiés con hipo. Quizá es porque en el concepto de premio que yo tengo tenía  siempre hay perdedores y esfuerzos titánicos de por medio.
Con todo esto estaba yo removida con el montonazo de premios con los que me habéis obsequiado en esos días, como la ratita presumida con su monedita, sin saber muy bien qué hacer con ellos.
Y como siempre que me agito, decidí dejarlo reposar unos días a ver en que acababa y ¡esta mañana me he reconciliado con el concepto de premio!
De repente me he dado cuenta que los premios que por circulan por estos lares son esencialmente femeninos: se otorgan y se multiplican generosamente, así porque sí, como el milagro de los panes y los peces.
¡Me gustan estos premios! Me gusta abrir el blog y encontrarme con vuestros comentarios, me gusta ir al blogroll y encontrar vuestros nuevos post, que me inspiran otros nuevos y así seguimos el círculo.
Y este es mi mayor premio, el regalo que me hago a mí misma para nutrirme y estar nutrida: compartirme, compartiros.
Y dicho esto procedo… ¡espero que tod@s sepáis como va esto de recoger y repartir, porque yo me hago un lío!
Reparto de corazón, porque me apetece, porque vuestros blogs me resultan bellos, emocionantes, desafiantes, estimulantes, amables, divertidos, sostenedores… ¡femeninos y maternantes!

 PreMiO PiNkLaDy
GRaCiAs  a Carol de Nuestra Pequeña Cria 

Para estas mamis de blog delicados y exquisitos que me alegran la vista cada vez que os visito:
Nebetawy de Habichuelas Mágicas 
Cayetana de Portando otro angelito 
 
PreMiO SunShiNe AwArd
GRaCiAs nuevamente a Carol de Nuestra pequeña cría  

Para estas mamis que me ilumináis las mañanas:
PreMiO pErsOnA rEvErSibLE
GRaCiAs  a @Mousikh de Una mirada al otro lado
Para estas mamis que imagino tan lindas por fuera como por dentro:
Louma de Amor maternal 

PreMiO Me eNcaNTa tu MeNtaLiDaD
GRaCiAs  a Ana de Creciendo con David  

Para recogerlo hay que responder a las siguientes preguntas:
1- Una canción que te emocione y porque:

Leaozinho de Caetano Veloso 

Me pasé todo el embarazo silbándosela a nené, o meu leãozinho ;-)
2.- País donde te gustaría vivir y porque:
En Brasil… adivinad el porqué  ;-)
3.- Como te describirías en 5 adjetivos:
curioso, independiente, pasional, inquieta… y maternal!
4.- ¿Alguna vez alguien te contó cómo sería tu futuro?
Lo intentaron varias veces y me tapé los oídos… ¡la vida sin sorpresas sería mucho más aburrida!
5.- Un objeto importante para ti y porque:
Mi diario, me ayuda a recordar que todo pasa
6.- Tú perfume preferido:
nené perfum
7.- ¿De donde crees que viene la suerte?
¿de creer en la suerte?

Para estas mamis y papi que me hacéis pensar y cuestionarme:
@Mousikh  de  Una mirada al otro lado 
Gracitata de Lactando, amando 


PreMiO a la MaMá cOnscieNte
GRaCiAs  a Sarai  de El Blog de Sarai Llamas 

Para recogerlo hay que responder a las siguientes preguntas:
¿Te consideras a ti misma una mami consciente?
Me gusta pensar que soy una mujer consciente que se ha convertido en mami.
¿Qué significado tiene para ti esta denominación?
Ser una mami consciente significa dejar a un lado todas las ideas preconcebidas que tenía sobre la maternidad e ir construyendo día a día junto con nené (y su papi, of course) una familia a nuestra medida.
Mamis conscientes somos todas las mamis blogueras, que investigamos, buscamos, compartimos…

Para estas mamis que me calan hondo:
Covadonga de Criando Amando
María de  Reeducando a mamá 
Patricia de Ojitos que brillan 
Cocolina de Buceando en mí 

PreMiO Sunshine Award
GRaCiAs  a Melina de BienCriando 

Para estas mamis que me hacen sonreír por dentro:
María de Mi pequeño Koala 
Pamela de 100% mamá  
La Teta Reina de Con La Teta Hemos Topado 





Y con esto y un bizcocho… nos bajamos a la placita a premiarnos con un heladito y un poco de teta.
¡Abrazos veraniegos para todas!

jueves, 18 de agosto de 2011

el encuentro con mi propia sombra


Pensé que me había librado. Había pasado más de un mes y el postparto había trascurrido dulcemente. Parecía que había escapado de la crisis  postparto.
Si, me encontraba especialmente emocional, con las risas y las lágrimas a flor de piel, en mi universo algodonoso y rosa, rosa, rosa. Nada preocupante, ya contábamos con el subidón hormonal. Nos habíamos apañado mucho mejor de lo esperado para mantener el orden en la casa, comer decentemente, descansar  a menudo… incluso habíamos disfrutado de las para mi temidas visitas.
Nos estábamos adaptando fácilmente a la vida con nené. Había superado mi miedo a “romperlo” al cogerlo en brazos (¡así, tan pequeñito…!) y me desenvolvía con soltura para amamantarlo, cambiarle los pañales y enroscarlo en el fular (¡tela, telita al principio!) y empezábamos a entender el lenguaje básico de tengo sueño, frio, hambre…
Vamos, que estaba feliz, feliz como una perdiz (¡oh, ingenua soberbia!)

Y de repente un día, cuando ya había bajado la guardia, cuando ya pensé que eso de “La Sombra” a mí no me iba a pasar, nené comenzó a LLORAR.  Y mira que no digo llorar sino LLORAR.
El por lo general todo tranquilo se ponía rojo como un tomate, con lágrimas cayéndole por las mejillas, retorciéndose entero ¡no había nada que le calmara! A mí se me partía el alma al verle y no sabía qué hacer.
¿qué te pasa amor? Repaso mental: comido, cambiado, descansado, calentito, en brazos… ¿será que le duele algo? No, no parece.
Y tal como como comenzó paró… ¡hasta el día siguiente!  Nuevamente le hablé, le acuné, le amamante y pasé como pude mi dolor ante su llanto.
Al tercer día ya vi el patrón, eran dar las 4 de la tarde y comenzar a llorar hasta pasadas las 7 ¡tranquilos, esto es normal, son los cólicos! nos decían ¡esto en unas semanas pasa!
Así que le sosteníamos aún más si cabe, le dábamos continente, masajes, infusiones, calorcito…

Me sentía fatal. La frustración y la impotencia se iban acumulando junto con el cansancio físico y sobre todo emocional al ver sufrir a nené y no saber cómo aliviarle.
Así que yo, muy de Laura Gutman, comencé a repasar que es lo que estaba haciendo (o no haciendo) para que mi bebé manifestara esta sombra ¿Qué era lo que no estaba viendo?
Miraba y remirada y nada, cieguita seguía…

Una tarde con nené llorando inconsolable en los brazos comencé a llorar yo también de pura desesperación
¿cómo me había metido en semejante lio? ¡con lo bien que vivía yo antes con mi vida tan ordenada!
Toda una algarabía de voces en mi cabeza
¡yo no sirvo para esto! ¡lo mío no es la maternidad!
¡lo vendo, lo regalo, lo que sea… ¡pero que desaparezca! no quiero oír su llanto, ¡necesito respirar, necesito escapar!
Oh, diosss, ¿¡¿pero que he dicho?¡? ¡qué mala madre que soy! ¡hijo mío, no, no, no quería decir eso! ¡te adoro! Pero necesito silencio.
¡Cuuuuuulpaaaaaaableeeeee!
Culpable hasta las trancas, ¡mala, mala, mala! ¡arderás en el infierno!
Si, si, te sientes fatal pero… como no pare de llorar en un descuido de F. lo vendes en ebay y te sacas unas pelas para huir del tinglado en el que te has metido. Eso sí,  a un sitio donde nadie te conozca porque a ver cómo les dices a sus abuelos que ya no está.
Nenita, ¡tú estás loca, loca, loca! ¿Cómo puedes pensar estas cosas aunque solo sea por un segundo?

Este runruneo infernal me duró un par de días, eso sí se me hicieron eteeeeernos. Alternando ratos de inmenso amor con enorme desesperación, profunda vergüenza, gigantesca culpabilidad.
No sé si a alguna de vosotras os suena lo que estoy contando.

Me duró hasta que me rendí. Y fue una dura batalla contra mí misma. Contra una parte de mí que quería desaparecer que se sentía prisionera, superada y temerosa.
Me duró hasta que hubo un momento en el que me rendí al amor. Hasta que, no desde la mente, ni desde las palabras, ni siquiera desde los sentimientos o la presencia corporal, no, desde un lugar mucho más profundo fui capaz de decir a nené “Soy tu madre” 
“Desde mi libertad, para siempre, para todo, elijo ser tu madre”

En unos días los cólicos pasaron.

¿y tu sombra? ¿la encontraste? ¿cómo fue?

lunes, 15 de agosto de 2011

cuando mi parto se convirtió en su nacimiento


Fue a raíz de ver el documental de la BBC “En el vientre materno” que comencé a interesarme por los cambios tan enormes que en cuestión de segundos experimenta un bebé al nacer.
Me fascina y me admira la fuerza y la adaptabilidad que supone pasar por todos estos cambios.
Posiblemente en ningún otro momento de nuestra existencia vivimos unas modificaciones  tan radicales de nuestro habitat en tan corto espacio de tiempo.
Pasamos del calor al frio, del silencio al ruido, de la penumbra a la luz, de la calma al bullicio, del agua al aire… Todos nuestros sentidos quedan involucrados en este tránsito.
En el mejor de los casos, si tenemos la suerte de que nuestra llegada a este mundo ha sido preparada consciente y amorosamente, estrenamos nuestros sentidos en un entorno protegido, en el que el cambio es menos violento.

De todo esto y mucho más habla Fédérick Leboyer en Por un nacimiento sin violencia, libro que recomiendo encarecidamente, a pesar de no compartir algunas de la prácticas de las que habla. A mi dio una nueva perspectiva sobre el parto y el nacimiento.
De todo el libro en este post quiero compartir con vosotr@s un fragmento que me estremeció profundamente porque aunque ahora me resulta obvio, hasta que no lo leí no se me había pasado por la cabeza.
Entonces  es cuando
todo explota.
Las paredes se derriban;
La prisión, el calabozo, desaparece.
¡Nada!
¿Ha estallado el universo?
No. He nacido.
Alrededor de mí
está el vacío.
Una libertad insoportable.
Todo me oprimía, me agobiaba;
¡pero yo tenía forma!
¡Maldita cárcel! ¿Dónde estás, madre?
Sin ti no soy nada más que vértigo.
Ven, vuelve, vuelve conmigo,
sujétame,
cógeme otra vez, estrújame, aplástame;
¡Quiero ser yo!

¿Obvio, no? El bebé, que hasta el momento del parto está recogido sobre sí mismo en el vientre materno, al nacer entra en contacto con la gravedad y la ausencia de límites corporales.
¿Puedes recordar (o imaginarte) lo que es sentir por primera vez la gravedad en tu cuerpo? ¿Sentir como de repente todo tu cuerpecito, que hasta entonces fluía livianamente flotando en el líquido amniótico, comienza a pesar lastrado por la gravedad y los movimientos se vuelven esfuerzos titánicos?
Pues a esto añádele el encontrarte de repente en medio de la nada, del vacío más absoluto, donde todo tu ser que hasta unos segundos antes estaba rodeado de tibia y suave carne, se encuentra de repente desnudo, sin contacto, sin referencias…

Desde luego cuando lo leí por primera vez me conmovió profundamente. Aún me quedo sin aliento cuando lo pienso. Algo tuve que recordar a nivel celular porque me entró una desoladora sensación de vértigo, de pánico, de desamparo.

Creo que fue en ese momento cuando conseguí empatizar con el ser que está naciendo, cuando me llené de respeto por esta nueva vida que lucha por integrarse en su nuevo medio. Fue entonces cuando yo dejé de ser la importante, cuando mi parto se convirtió en su nacimiento.

jueves, 11 de agosto de 2011

planeta parto

En mi manera de entender la vida,  el parto es un momento sagrado, un ritual de paso, un momento de tránsito del bebé a la vida, de la mujer a madre, de la pareja en familia.
Deseo que si alguna vez nuestro hijo bucea en su inconsciente y recuerda su nacimiento pueda describirlo con tan solo tres palabras: paz, respeto y amor.
Su padre y yo así lo vivimos.

(M.) N. me llama por teléfono para felicitarme las Navidades y ver cómo lo llevo. Le cuento que estoy angustiada. Estoy de 42+6 y nené sigue sin dar señales de querer salir. Me dice que me calme, que disfrute de los pocos momentos que me quedan de embarazo. Pocos si, porque no conoce a nadie embarazada perpetuamente. Pocos porque “al final nené tendrá que nacer ya sea en casa, o en el hospital o por cesárea…” su acertada reflexión me remueve. Cuelgo el teléfono y comienzo a llorar. Siento como se desata un nudo dentro de mí. Voy al baño y… ¡cae el tapón mucoso!
Sonrío feliz y aliviada. ¡El parto ha comenzado! ¡Nené está ya de camino!

(F.) Ya hace días que el peque debería de haber venido pero se ronea. Allá sigue la mar de feliz, mamá y nené en dulce sintonía. Una sintonía que se ve perturbada por una charla con una amiga. No sé que se habrán contado pero fue como romper un dique pues M. llora, sin histeria, sin dolor… llora, desagua algo que no sé que es. Al rato sale feliz del baño diciéndome que se cayó el tapón. Ahora sí. Esto empieza a enfilarse.

Necesito salir a limpiar un desencuentro que tuve con mi madre. Necesito estar tranquilo y en paz para la llegada de mi hijo. Con cierta pre-ocupación dejo a M. sola y me voy durante un rato.

Me he quedado sola en casa un rato, me apetece escribirle una carta a nené, bailar un rato y ayudarle a bajar.
Aún no tengo contracciones, eso sí tengo presión en las ingles y nené, que estaba quieto desde ayer, lleva dos horas moviéndose cada vez más abajo ¿Sus últimos movimientos dentro de mí?
Paso la tarde tranquila, haciendo cosas por casa. Salimos a ver anochecer a la montaña.

Al volver M. me cuenta que “las contracciones de preparto” son ligeros pinchacitos. ¿Será que puede ser así de fácil o es un pre-pre-preparatorio?  Como sea,  hace un fin de tarde hermoso y decidimos subir la colina de detrás de casa para verlo en toda su grandeza y de cierta forma decirle a nené que ya se puede poner en camino. Subimos mucho por la montaña, caminando despacito, pues M. se queda a ratitos sin aliento. Ver el mundo con amplitud de horizonte me relaja, el cielo tintado de rosas y naranjas, el viento frio que sopla. Por mi parte ya estoy listo para recibirle.

Durante la tarde he ido sintiendo pinchacitos en la zona de las ingles y dolorcillo en la parte baja del abdomen, realmente nada doloroso. ¿Esto es el trabajo de parto? Llama N. y me confirma que lo que tengo son contracciones de parto. ¡Yo pensé que se contraía toda la barriga! Pienso para mí “¡pan comido!”
Mando un mnj a las comadronas: ”¡Feliz Navidad! Nuestro regalo sigue envuelto aunque ya le hemos quitado el lazo ;-) Hoy he perdido el tapón y estoy sintiendo contracciones leves y dolorcillo lumbar. Cuando veamos que esto progresa os avisamos. Besos. M.”

La noche ya lo oscureció todo. Por la tarde terminé de repasar rápidamente los materiales necesarios: kit hospital (para no usarlo, aunque lo preparo igualmente), plásticos y mantas, toallas, ropas de mamá, nené, papá, comidas, zumos, infusiones…
Decidimos que es mejor ir a descansar pronto que quedarnos viendo una peli.
Me tumbo tranquilamente pero M. está muy incómoda, más bien no está. Se levanta del todo. Eso me va subiendo las pilas pues el camino ya ha empezado.

Para las 10 decidimos recogernos e irnos a dormir para estar descansados para el parto.
¡Imposible estar tumbada, no encuentro postura, esto comienza a doler!
Me levanto un rato y vuelvo a tumbarme para descansar un rato… no hay manera ¡definitivamente estamos de parto!

M. anda de un lado a otro de la casa, se cambia de ropa, descansa apoyada sobre la mesa balanceando las caderas con las piernas abiertas. Yo le traigo una infusión y la acompaño. Estoy a tu lado, sé que es un camino que tendrás que andarlo tú, y yo estoy a tu lado.

A la 1:00h decido darme una ducha por eso de que el agua caliente alivia. Entro en la bañera, los pinchacitos se convierten en contracciones, cada vez más fuertes y dolorosas. La primera contracción me pilla de sorpresa y me agarroto de dolor. ¡¡¡diossss, ahora entiendo porque las mujeres piden a gritos la epidural!!!
Pasado el susto respiro y siento como el dolor desaparece por completo. Me entrego a las sensaciones.
A partir de ahí todo se vuelve confuso. Poco a poco voy entrando en un estado de no espacio - no tiempo. Me recojo dentro de mí y el mundo exterior se va difuminando y perdiendo importancia.

Le preparo un baño para que se sumerja en el agua caliente mientras rápidamente preparo el salón con los plásticos y las mantas. En el baño estamos un rato y los pinchacitos se vuelven fuertes contracciones. M. gime y respira mientras abraza esas oleadas desconocidas hasta entonces. Me cuesta distinguir cuando empiezan pero veo claro cuando cesan, al final ya percibo toda la ola.
Empiezo a anotar los tiempos en un post-it que pronto se queda corto. Me pillo una libreta con muchas hojas que espero no llenar.

Comienzan a ser cada vez más seguidas. F. me pide que se las indique y las va anotando. ¡para números estoy yo! ¡si ya no consigo hablar!  En una hora ya comienzan a ser cada 5’ y para las 2:00 oigo como llama a las comadronas para que vengan.

Me siento tranquilo, emocionado, expectante. Quiero participar en ese camino y ayudo a M. sujetándola, recordando posturas que vimos en las clases, hablándola, convirtiéndome en una extensión de sus manos.
Ya es hora de llamar a las comadronas.

F. me va ayudando; su presencia me tranquiliza. A estas alturas yo ya he entrado por completo en el “planeta parto”. Salgo de la bañera porque no puedo moverme a gusto.
Estoy entre el baño y la sala. Me doy cuenta que me estoy cagando, necesito relajar el ano en cada contracción y ya no quiero moverme de la sala. Paso de la vergüenza y se lo digo a F. A partir de ahí cedo el control, dejo de pensar por completo y me entrego  totalmente al parto.

M. me dice que siente ganas de cagar con las contracciones y que siente vergüenza de hacerlo delante de mí. Yo la tranquilizo, le hago entender que no tiene porque avergonzarse, que es algo normal, la cubro un poco con una toalla para que se sienta más recogida.

Estoy en la sala de rodillas con la cabeza apoyada en F. que me acompaña en cada contracción. Le pido que no me deje sola, que no se vaya sin decírmelo ni aún para recibir a las comadronas. En algún momento llegan S. y K. Las siento lejos, desde mi mundo.

Llegan las comadronas. Veo que M. esta sumida en su viaje, lo que me da para separarme e ir a recibirlas.  Entran en casa como unas silenciosas ninjas y en seguida se acomodan como si hubiesen estado viviendo en casa toda la vida.
Me despreocupo de ellas y vuelvo a la sala.

K. me pide permiso para escuchar los latidos de nené; me dice que todo está bien con su voz sonriente. Me pone las manos en el sacro y me da un ligero masaje que duele y activa. No sé qué ha hecho exactamente, pero noto un gran alivio, algo se ha recolocado y las contracciones son más suaves.
Durante todo el parto voy sintiendo su discreta presencia que me ayuda, que me anima, que me da toques certeros con palabras amorosas y sonrisas dulces y al mismo tiempo me respeta.
Recuerdo su presencia en el sofá, silenciosa, recogida conta la pared naranja bajo la luz suave parece un Buda, sé que está ahí si la necesito.
S. entra en la sala de vez en cuando y se sienta discreta. Tras cada contracción me anima: “Una menos para ver a tu bebé”. En un momento le digo que tengo miedo “¿De qué?” “De no aguantar hasta el final” Al decirlo me siento aliviada. “Lo estás haciendo muy bien” “Tu bebé está muy bien”. Su mano en mi lomo me calma y me da fuerzas.

S. y K. vienen a la sala y me piden un rápido parte de cómo ha ido evolucionando el trabajo de parto, luego se acercan a ver cómo está M. Una parte de mi se relaja más al tenerlas ya en casa. Veo como escuchan mi mujer y hablan entre ellas, es un leguaje sutil de mujeres. Escuchan a nené como está, en su minilucha por venir. Todos estamos bien.

Entro en un estado de puro presente, en el que solo existe la pulsión, el instante de cada contracción, en el que me abro con el sonido de la AAAAAAA llamando a nené, y un momento de descanso profundo en el que el tiempo se para, en el que reposo, cojo fuerza y llego a dormirme. Así una y otra vez, ritmo cadente, hipnótico, una tras otra.

Voy cambiando de postura: en la pelota, a cuatro, de pie apoyada en F., tumbada sobre un lado y sobre otro. No lo pienso, mi cuerpo simplemente se mueve, acompañando la ola, descendiendo por un túnel terroso, acompañando el descenso de nené. Voy notando como su cabeza baja, noto aún sus patadas en mi vientre, como impulsándose hacia abajo.
Penumbra, calor… no veo lo que sucede a mi alrededor, todo es naranja brillante, me siento un tubo de luz, a un lado mi boca a otro mi vagina, con cada contracción, con cada respiración, con cada canto, el tubo se va abriendo más y más dando paso a nené.
Me siento yo misma dentro del útero, en la penumbra y el calor, bebé y mujer al mismo tiempo “¡ven aquí! ¡te espero! ¡ven con nosotros!”
Vibro con el sonido de mi canto. Como un mantra lo repito una y otra vez. Sé que nené me escucha. Sé que mi voz le da fuerza en su viaje hacia la vida, le acompaña hacia mi exterior.
Le llamo, le animo. Fuerte, poderosa, sin dudas. Y al mismo tiempo tierna, vulnerable confiada.
Noto como mis huesos se apartan cediendo paso a la carne suave. Mujer y hembra, me siento loba fiera.

El tiempo se rompe y se deforma. Instantes se vuelven eternos y ratos largos se comprimen en un respiro.
Me sumerjo en la danza del parto con M. Nos movemos por la sala, a cuatro tumbados, de pie… Soy sus manos para alcanzar una bebida, sus piernas para que se apoye, su respaldo para que se tumbe y descanse.

Veo la silueta de K. sentada en el sofá, ya no me acordaba que estaba allí, siento su presencia  que hasta entonces permanecía recogida. A ratos le pide permiso a M. y va controlando los latidos de nené con el dopler.

Soy un guardián de las puertas de este mundo, me ocupo que no les falte de nada durante el viaje.
Canto con M. llamando a nené, la animo, la reconozco en su fuerza. Me siento orgulloso de mi familia.
Me escapo para ir al baño, para traer zumos, para comprobar que S. y K. estén cómodas, para renovar el aire de la casa…
En ese tiempo S. se suma al trio de mujeres. Se hablan, se animan, cantan. Me quedo al margen mientras dura ese espacio. M. dice que tiene miedo, reconozco que una parte de mi también la tiene. Y confío.

Totalmente acompañada por F. Siento su presencia en todo momento cuidándome, protegiéndome, amándome.
Sé que puedo dejarme ir tranquila, el nos protege y nos cuida.
A ratos le oigo desde lejos ”lo estás haciendo muy bien” “mi guerrera” “estás trayendo a nuestro hijo” Le oigo cantar conmigo, llamar a nené, su presencia me da fuerzas.

“ya se ve la cabeza, amor” sorprendida caigo en la cuenta que el parto ya está acabando. Aunque queda poco estoy cansada. Me tumbo un rato en brazos de F. y nos dormimos profundamente durante unos minutos.

El movimiento se calma, estamos cansados, recojo a M. en un abrazo y nos tumbamos, entre contracciones nos dormimos.
K. se anima, me mira y sonríe, “ya se ve la cabecita” me asomo y veo los pelitos de la coronilla de nené.
M. pregunta si quedara mucho, se siente cansada, le digo que ya no queda nada, que nené ya se asoma, está listo para venir, yo estoy descansado y listo para apoyar a M., para recibir a mi hijo.

Despierto renovada, con una energía diferente. Siento la cabeza de nené totalmente encajada entre mis piernas, me toco y siento como su cabeza presiona contra mi periné, abultándolo. Está húmedo y blandito ¿esta es su cabeza?
Me pongo en pie, colgada de F. y siento como la contracción me recorre como un rugido. Me doy cuenta de mi fuerza, me siento salvaje. La voz que sale a través de mi garganta, viene de lo más profundo de mí, de la Tierra, de las raíces.
Si antes era agua ahora soy fuego, mi vagina quema. Me siento explotando como un volcán.

De pronto M. deja de llamarle, ya no es un canto “ven…” ahora es una orden un grito que dice “sal…”.
La energía se vuelve a activar, nos despertamos, nos movemos, las contracciones vuelven a ser más intensas, M. ya no se abre y relaja, veo como cobra fuerza y aprieta.
Me pongo de pie, necesito tener movilidad. M. también quiere ponerse de pie y trepa por mis piernas, por mis brazos.
Se cuelga de mí y yo la rodeo con mis brazos. Somos uno. Yo te sostengo mientras lo traes con tus gritos de fuerza, con tu calor. Yo te sostengo.

Miro y efectivamente veo la cabeza en el espejo que han puesto a mis pies.
Comienzo a ser consciente de mi entorno.
Un pensamiento en voz alta: “No quiero desgarrarme”. “Tranquila. Respira. Todo está bien. Tomate tu tiempo. Dale aire a tu bebé que aún está contigo.”

S. y K. empiezan su baile de comadronas, como un vals rápido, y en un periquete  tienen a punto todo lo que necesitan. Están aquí a nuestro lado, listas, presentes y dejando espacio para que M. y yo sigamos nuestro propio camino.
M. para un momento, expresa su miedo a desgarrarse. S. la tranquiliza, “Todo va bien, Nené te está cuidando”. Pone un espejo para que M. vea como nené asoma la cabeza.
Miro como asoma cada vez mas deslizándose poco a poco hacia afuera.

Siento como comienza a salir su cabeza. Un pujo más y estará fuera.
Me traen la silla de partos y me siento para que F. pueda recibir a nené, para que sea el quien le dé la bienvenida a este mundo. Apoyada en S. doy un último y suave pujo. Su cuerpo se desliza fuera de mí, noto salir sus pies y una curiosa sensación de vacío acompaña la salida de sus piececitos.

M. se cuelga del todo en mí mientras termina de sacar la cabeza de nené, con la cabecita ya asomando, M. se sienta en la silla de partos apoyada en S. para que pueda hacer lo que más esperaba hasta ahora.
Nené tiene fuera la cabecita y un bracito. Los rodeo con las manos, K. pone sus manos sobre las mías y me dice que le ayude con un pequeño movimiento y mi hijo se desliza  como un tobogán hacia mis manos, resbaloso suave, frágil, lo mas hermoso que hay.
Lo coloco en el regazo de M. “Entonces eran esos piececitos los que golpeteaban desde dentro” Lo miro con calma. Es perfecto y bello.

F. me lo coloca en el pecho. ¡Ya está aquí!
¡Es precioso, es perfecto, es bello! ¡Es lo más suave que he tocado en mi vida!
Es extraño sostenerlo en mis brazos por fin y, al mismo tiempo, es como si siempre hubiera estado ahí.

Nos sentamos los tres en el sofá. La emoción me llena, me transborda. Ahora esta aquí, calmado, sin llantos, unos gemiditos tenues mientras busca el pecho el de M.

Nené llega a este mundo tranquilamente a las 7:45h del 26/12/2010. Respira suavemente, hace unos leves ruiditos, no llora, no grita, se queda calmado sobre mi pecho mientras lo miro y lo abrazo. Fer está a nuestro lado. Los ojos llenos de lágrimas, la cara llena de amor, emocionados.
Sigue unido al cordón y trepando por mi vientre se prende en mi pecho.

Estoy extasiada. No tengo palabras, solo ojos y olfato y tacto. Le arropo con mi piel protegiéndole para que no se enfríe.
No tengo ganas aún de empujar para sacar la placenta. “No hay prisa, me dicen, tenemos tranquilamente una hora”.
Como un suspiro pasan 45’ con nené en los brazos, cantándole, mirándole, hablándole… hasta que soy capaz de separarme de él por unos instantes. F., a mi lado, lo recoge en sus brazos y de un pujo siento salir la placenta.
Nos vamos a la cama. Nené sigue unido aún a la placenta por el cordón durante un rato más, hasta que F. corta lo corta.

Sin prisas nos quedamos los tres en el sofá dándole la bienvenida. Ahora ya me puedo encargar de nené mientras M. expulsa la placenta. Nos vamos “tres” nené, yo y la placenta al cuarto mientras M. va con K. a refrescarse al baño. Ahora ya tranquilos, limpios y emocionados podemos terminar de separar a nené de la placenta. Corto el cordón.
Nos explican como es la placenta, donde esta enganchada y nos la tienden para que la veamos y toquemos. Es hermosa, como una flor gigante, muy suave.

Yo estoy en las nubes, dopada con un coctel de hormonas, solo en parte consciente de lo que sucede a mi alrededor.
Todos juntos en nuestra cama, mientras S. ata el ombligo de nené y le pesa, K. comprueba que no hay sangrado y que mi útero está contrayéndose. Me aplica unas compresas frías con infusión de romero para refrescar todo el periné. ¡Ni un punto, ni un desgarro!

Con un batido preparado por S. y K., con muchas frutas y un trocito de la placenta, brindamos por la llegada de este nuevo ser que reposa junto a nosotros, por nuestra conversión de pareja a familia.

Las comadronas recogen silenciosamente la casa. Mientras esperamos que la pediatra para confirmar que todo está bien, me duermo con nené en los brazos.
¡Ahora sí que se ha acabado el parto!

Ahora sí, todo acabo, ya estamos una familia al completo. Las chicas recogen mientras arropo a M. que se queda dormida con el peque. Yo no puedo, tengo demasiada excitación en el cuerpo. Me despido de S. y K. y termino de recoger la casa mientras revivo mentalmente ese bello caminar. Ya dormiré después.