sábado, 28 de enero de 2012

¡qué viva la diferencia!

¿Conocéis a la psicóloga y escritora chilena Pilar Sordo? Yo la descubrí el otro día a través de esta conferencia y me resultó tan amena e interesante que he querido compartirla con vosotras.
De forma expresiva, divertida y franca expone las diferencias entre el pensamiento masculino y femenino, la ausencia de autoridad de los padres frente a los niños y como afecta esto en el  comportamiento de las generaciones jóvenes, la polarización de los roles, la pérdida de los valores familiares…
Si tenéis ocasión os recomiendo que veáis la charla con vuestra pareja; a nosotros a pesar de lo peliagudo del tema, a ratos se nos caían los lagrimones de la risa…



 

Os dejo un par de fragmentos que he transcrito* para ir haciendo boca, aunque lo que realmente vale la pena es escucharla.
  
…Pero la fuerza más grande en la fuerza de los resultados era bajo los treinta, donde me empiezo a encontrar con mujeres de un nivel de autosuficiencia pero monstruoso, mujeres que se aprendieron dónde está el motor de partida del auto, que dicen no necesitar a los hombres, que viven solas en departamentos piloto, que no tienen nada en el refrigerador pero ellas juran que tienen un hogar, que postulan de quedarse solas todas, porque objetivamente son tal nivel de autosuficiencia que no permiten ser conquistadas por ningún hombre. Que se les olvidaron los procesos, que están solo concentradas en los objetivos, que su tema es tener cosas, que no quieren ser madres, ejecutivas a morirse, pensando solo en ellas.
Hombres que empiezan a cocinar rico. Hombres que empiezan a llevar a los niños a los parques. Hombres que lloran, que buscan, que van a la consulta a decirme “Pili, convéncela porque quiero tener un hijo”. Mujeres que no quieren. Hombres que vienen a la consulta a decirme “Pili, me quiero casar”. Ellas no quieren. 
Me dije esta cosa es muy rara porque una cosa es la alternacia de los roles, la cual es super sana, y otra es que la cuestión se están polarizando para el revés.
Y empiezo a bajar en edad, y llego a la edad escolar y ahí me encuentro con una generación de niñitas que se viste para afearse, que solamente se colocan colores militares para verse lo más guerrilleras posibles, que no tienen ningún recato con respecto a su cuerpo… que si una las mira por detrás se ven todas iguales y además tremendamente masculinas, parecen hombres…
Con un nivel de agresividad horroroso. Que toman, fuman y garabatean más que los hombres…
Aquí pasó algo, ¿Qué hizo que los hombres se estuvieran afeminizando tanto y que las mujeres se masculinizaran? Lo primero que descubro es que la feminización de los hombres se produce como consecuencia de la masculinización femenina, por lo tanto mi pregunta entonces era ¿Por qué se masculinizaron las mujeres? Porque eso generaba el cambio de comportamiento masculino.
Y la razón es bastante patética pero bastante real. Esta generación se masculinizo bajo los treinta y cinco años, porque se cansó de escuchar a sus madres y a sus abuelas quejarse todo el santo día de ser mujeres. Porque en nuestra verbalización las mujeres no hemos parado de decir que ser mujer es un cacho. Que las mujeres estamos destinadas a sufrir, que los hombres son unos desgraciados y además son todos iguales. Que objetivamente la dueña de casa en este país cada vez que uno le pregunta ¿qué hace? ella se sigue encogiendo de hombros y diciendo “no hago nada”. Seguimos diciendo que nos enfermamos una vez al mes, que es distinto que a menstruar, ya la semana anterior andan enfermas, andamos idiotas. Eso son quince días del mes. Si yo lo proyecto a lo largo de mi vida, es la mitad de mi vida. ¿Quién va a querer parecerse a alguien que yo le digo que a partir de los trece años tiene la vida cagada? ¡La mitad!
Nosotras hemos hablado tan mal de ser mujeres, es tanto así, que las mujeres que trabajamos fuera de la casa, ni siquiera tenemos la delicadeza de decir “yo trabajo fuera de casa”, sino que decimos “yo trabajo”. ¿Y las de adentro? ¿Qué hacen? ¡Si esas también trabajan! Entonces la de adentro tiene que decir “yo trabajo dentro” para que la otra diga “yo trabajo  fuera”. Eso es un tema de solidaridad femenina que nosotras no tenemos. No tiene nada que ver los hombres en esta historia.
Esa sensación de no sentirse orgullosa de ser mujeres, de que si yo escucho a mi madre y a mi abuela quejarse toda la vida de todo lo que hace o lo que dejó de hacer, yo voy a suponer erróneamente que mi mamá y mi abuela no fueron felices. Cuando la queja no tiene nada que ver con la felicidad, porque es un mal hábito. No es un tema que refleje profundidad emocional.
Yo hice que se grabaran cincuenta mujeres, todo el día, lo que decían desde que se levantaban hasta que se acostaban. Cuando escuchamos las grabaciones en la noche, el 90% de ellas me decían “¡Qué horror! ¡Si mis hijos escuchan esto van a suponer que yo no los quiero, de todo lo que me he quejado de todo lo que hicieron en el día!”. Y por supuesto que pueden llegar a suponer eso…”


“… Nosotros no nos debiéramos poder quedar dormidos sin preguntarnos si hoy en día amamos a los que amamos lo suficiente porque insomnes nos hemos quedado todos: por cuotas impagas, por dolores, por rabia, por miedos pero ¿cuantas veces nos hemos quedado insomnes por amor? Por preguntarme  ¿yo hoy día di lo mejor de mí a todos los que amo? ¿Hice todo lo que tenía que hacer para poderle demostrar a mi señora, a mi marido, a mis hijos, a mis viejos y a la gente que para mí es importante que yo la quiero? Cosa que si yo hoy en la noche me despacho esa gente va a tener la sensación de que yo lo quise? No. Pues la respuesta a la pregunta claramente es que no hemos hecho todo eso, por eso que tenemos la sociedad que tenemos. Porque el amor no es el centro del tema y eso es algo que claramente tenemos que recuperarlo en la medida que recuperamos la familia otra vez.
Porque cuando nosotros decidimos comer en bandeja se nos olvida que con eso separamos a la familia para siempre, que nunca más nos vamos a mirar a la cara, ni que de alguna manera vamos a sentir el contacto con los otros.
Cuando de alguna manera nosotros entendamos que tenemos que volver a colocar las cosas importantes donde están y los que creemos en Dios volver a meter a Dios en nuestras casas para poder sacar las máquinas, porque entraron las máquinas y salió Dios cascando de ahí. Sí las máquinas llegaron para quedarse, pero tienen que ser administradas por nosotros y eso es voluntad. Eso es fuerza de voluntad. Eso es apagarlas en pro de la comunicación. Eso es pedirle a los niños que se suban al auto y no se van a conectar el mp3, ni van a tener dvd, sino que vamos a conversar adentro del auto.
Eso es sentarse en una mesa, que la mujer se quede al lado de su marido en vez de pensar que es más importantes que los platos están limpios en la cocina. Y que el marido venza la adicción al control remoto y tenga la capacidad de pararse e ir a ver a sus cabros a las piezas y a sentarse a conversar con ellos. Sin además sentir que es el derecho que tenemos por estar cansados. En una vida que nosotros elegimos vivir así. Uno vive lo que quiere vivir y está donde quiere estar. Y si no es así, y si no me gusta lo que tengo y lo que vivo, tengo la obligación de cambiarlo, pero esa es mi decisión. Por eso que ser feliz es un tema del alma, no tiene que ver con lo que pasa fuera.
Si nosotras las mujeres nos dejáramos de quejar, si nos empezáramos a sentir orgullosas de ser mujeres, si independiente de las funciones laborales o empresariales que nosotras tengamos entendemos que la energía femenina es tremendamente poderosa en una casa, y que si una mujer está mal nada funciona. Y eso en vez de ser un cacho es un tremendo privilegio. Que las mujeres somos vida y que desde este útero sale toda la vida que nosotras podemos irradiar en el amor. Si los hombres entendieran que tienen que empezar a hablar, y a decir lo que sienten porque si no van a perder a esas mujeres, que hoy en día tienen menos tolerancia de la que tenían antes, por lo tanto tiene que estar más preparados para ser capaces para retenerlas. Lo mismo que con sus hijos…” 

*Por favor, disculpad la puntuación y las posibles erratas.

martes, 24 de enero de 2012

cuatro mujeres, cinco niñ@s.



Cuatro amigas, cinco niñ@s. Nos juntamos en una de las casas a pasar la tarde de invierno. Lástima que hace frío para encontrarnos en el parque, porque la casa es pequeña y fuera estaríamos más desahogadas. Aunque aquí podemos charlar más relajadas. La casa, está preparada “a prueba de diminutos” por lo que pueden jugar e investigar sin hacerse daño.
Nos acomodamos con una infu y unas pastas, los peques ya han empezado a jugar por el salón juntándose según edades.
Vamos poniéndonos al día de las novedades: los últimos avances de los peques, las jaimitadas del marido de una, del libro interesante que hemos descubierto, los cambios en el trabajo de otra, el outlet megapijo que han abierto aquí cerca, las ocurrencias de los peques, los roces con la suegra, la última peli del Cruise, los chanchullos que se traen los políticos, los trucos para hacer hamburguesas vegetales…
La conversación sigue entusiasta, saltando de tema en tema, interrumpida a ratos por alguno de los peques que viene a pedir algo o simplemente a refugiarse en nuestros brazos o a tomar teta.
Una de las mamis se levanta a preparar la merienda para todos los peques. Aprovechamos para ponernos nosotras un refill y sentarnos un rato todos juntos.
Continuamos charlando y los peques siguen jugando. De vez en cuando nos levantamos para comprobar que todo está en orden y que ellos también están pasando un buen rato.
De repente nos damos cuenta que son las ocho ¡la tarde ha pasado en un plis-plas! Me rio para mis adentros pensando que ahora nos retiramos cuando hace 10 años a estas horas ni siquiera habíamos comenzado a pintarnos el ojo para salir a tomar una copa. ¡Las vueltas que da la vida!
En un momento recogemos los juguetes con los peques, arreglamos el desorden de la casa, fregamos los platos… No ha quedado ni rastro del jaleo de la tarde, y yo diría que en la cocina hay más comida que cuando llegamos ¡cosas de mujeres que parece que cuando nos juntamos a comadrear nos rodea la abundancia!
Ostras, es tardísimo, hoy no me da tiempo de bañar al peque antes de acostarle. Está agotado, con las mejillas sonrosadas de tanto trajín, este cae frito en cuanto le ponga el pijama.
Tengo el corazón calentito, me siento nutrida y renovada después de haber compartido este rato con mi familia ecológica. ¡Qué hermosa tarde!
¡Lástima que no pueda que aún no haya encontrado la manera de hacerlo más a menudo porque es mucho más fácil y divertido estar con los peques estando acompañada de otras madres!

domingo, 22 de enero de 2012

Con la cara lavada y recién peinà… by Sarai Llamas

Pues si señoras madres, esta semana la fortuna me ha sonreído y he tenido enorme suerte de ser la ganadora de un cambio de look by de face cortesía de Sarai Llamas.
¿Qué os parece cómo ha quedado?, a mi sencillamente  ¡¡¡me encanta!!!

Imagino que no os pillará de sorpresa si os cuento que Sarai se presentó rauda y veloz con un saco lleno de buenas ideas (¡y otro de paciencia!).
Lo que no sé si sabéis es que la muy brujila además de un gran sentido del humor y del dinamismo de un torbellino, tiene el don de la telepatía porque… ¡me pilló la idea al vuelo!. En serio, antes que yo abriera la boca para explicarle lo que quería ya me había preparado el logo, el favicón  y los iconos para las redes sociales.
Vamos que si os apetece darle un cambio a vuestra casita ni os lo penséis, contactad con Sarai… ¡a la vista está el porque de mi recomendación!


E iba a dejar el post aquí pero me apetece contaros que conocí a Sarai este verano a través del artículo que publicó en la revista Madre Tierra y desde entonces ha pasado a formar parte de la familia.
Su blog está en nuestro top ten. Si, nuestro porque mi compañero también la sigue a diario.
Es una de estas mamis que ha traspasado la pantalla y que aún sin conocernos (aún) en persona ha pasado a formar parte de mi vida real, al punto que en nuestra casa ahora ya no desayunamos magdalenas sino cupcakes y ya no cambiamos pañales sino “hacemos el baile de la trucha
Por todo esto para mí el nuevo look de CRiAnzA COrpOrAL es un doble premio, no sólo el regalo  de la linda estética, además tiene el valor de haber sido diseñado por una de las blogueras que más admiro.
De cuore ¡muchísimas gracias Sarai! ¡eres la màs! ;-)

lunes, 16 de enero de 2012

¡mi madre es una ecomadre!


Mi madre es una mujer creativa, sensible, culta, inteligente, autodidacta, tenaz… Mi madre es madre de tres hijas a las que ha criado con amor y dedicación, lo mejor que ha sabido y ha podido, en una ciudad extraña para ella, sin familia cercana en la que apoyarse, con pocas amigas de confianza, con un marido que pasaba días de viaje.
Soy lo que soy gracias a ella, a pesar que tengamos nuestros desencuentros la amo con todo mi corazón. Ahora, desde que soy madre, puedo verla desde otra perspectiva  e imaginar, sus desvelos, su creatividad, su paciencia para atendernos a las tres sin enloquecer en el intento.

Después de leer este artículo he descubierto que además mi madre es tremendamente avanzada para su época. ¡mi madre es una ecomadre en toda regla!
Comprobarlo por vosotr@s mism@s
-    Filosofía: No, no era una florida hippie ibicenca de la New Age y probablemente no se interesaba por las filosofías orientales (aunque desde hace años que practica el chi kung) Sin embargo tenía su particular filosofía de pensar por sí misma y ser coherente con sus elecciones sin necesidad de seguir a la manada.
Probablemente ahora llamaríamos ecologismo a lo que ella ha practicado como sentido común cuando reutilizaba las cosas, cuidaba de nuestra casa ahorrando recursos, cuando nos llevaba al monte para que disfrutáramos del aire libre, cuando fomentaba nuestro amor por los animales y cuidaba de nuestras mascotas…
-    Consumo: Tampoco se estilaba eso de los productos ecológicos, básicamente porque casi todos los productos aún eran biológicos. Cada día nos preparaba una variada y suculenta comida de tres platos, si algo sobraba se aprovechaba para elaborar otro plato. La recuerdo embotando tomates y pimientos en septiembre, recogiendo con nosotras moras y endrinas para hacer luego mermelada casera… ¡y pacharán! ;-)
Es una artista del handmade: lo mismo tapizaba una silla, que hacía un vestido, construía un terrario para mis lagartijas, bordaba una sabana para nuestras muñecas o me fabricaba un cazamariposas ¡con su velo de novia!
-    Salud: Siempre utilizó los remedios naturales: sal gorda caliente para el dolor de garganta, vahos de eucalipto para los mocos, pipas de calabaza para las lombrices, paños tibios para la fiebre… Desde bien pequeñas nos llevó al naturista, cuando solo había uno en toda la ciudad y era “una carísima extravagancia”. Ella buscó la forma de sanar el perpetuo resfriado de mi hermana al que los antibióticos habían sumado una gastroenteritis importante y lo consiguió. Y en vista del éxito seguimos visitando a nuestro naturópata de confianza hasta hoy.
-    Parto: No parió en casa, sino en el hospital y no guarda buen recuerdo del (mal)trato recibido. Quizá por eso cuando le dije que iba a parir en casa me abrazó y se alegró de corazón y ¡me pagó el parto!
-    Crianza: Me amamantó durante dos meses, lo cual en la época dorada de los biberones y  con grietas y mastitis de por medio es sin duda una lactancia prolongada.
-    Educación: Fue “madre de día” y de noche. Me educó en casa hasta los 6 años. Aún conservo recuerdos de aquella época, de la pizarra de colores, de las canciones, de los cuentos, de las mañanas con ella en la cocina. No se reincorporó al trabajo hasta que tuve 14 años y todo ese tiempo estuvo 100% pendiente de nuestra educación tanto en casa como en la escuela.

Solo dudo en aplicarle las etiquetas de clasista, adinerada y seguidora de la moda, porque mi madre es una mujer de clase media, sencilla, que ha seguido su corazón y su intuición.


Y como diría mi madre “de padres gatos, hijos michines”, vamos que resulta que yo también soy una ecomadre. Parece que he comprado el paquete completo.

Os contaré una cosa más. Sabe más el diablo por viejo que por diablo y no es la primera vez que veo como cuando emerge un cambio de conciencia y hay suficientes individuos como para que se note socialmente, aunque no tantos como para que esté socialmente aceptado, una parte de la comunidad se resiste apelando al esnobismo o a la locura transitoria.
Cuando comencé a participar en diferentes terapias y "actividades alternativas", hace más de una década, un amigo mío llego a hablar con mi padre preocupado porque me estaba metiendo en una secta ¡porque hacía yoga!. (Sí, ahora que hay un Happy Yoga en cada esquina te ríes pero no veas que dramón)
Cuando dejé de comer carne me pasé años escuchando opiniones sobre mis (supuestos) problemas de alimentación y  lo desnutrida que debía estar ¡ahora venden hamburguesas vegetales hasta en el Caprabo!
De estas unas cuantas. Y lo entiendo, porque las cosas diferentes nos chocan, los cambios de conciencia llevan su tiempo.
Yo soy la primera que me burlaba de un amigo que cultivaba germinados de alfalfa en la ventana porque no los vendían en ningún sitio, o que la primera vez que fui a ver a una amiga que había parido en su casa pensé que el embarazo la había trastornado. Ahora, cuando lo pienso me muero de la vergüenza.

Por eso ahora ya no me molesto cuando cuestionan mis creencias, sigo los dictados de mis entrañas y continúo mi camino. Como mucho me siento a esperar a los que sin duda llegarán, porque cuando se habla de las ecomadres es porque ya somos suficientes mujeres que hemos elegido una nueva manera de criar a nuestros hijos como para que se nos vea. Y me alegro por ello.
No sé si somos ecomadres, o talibanas de la teta, o esclavas de la crianza con apego, o fanáticas de la crianza corporal, o…
Yo creo que somos simplemente mujeres tremendamente afortunadas porque hemos tenido a unas madres que lucharon por nosotras para que pudiéramos vivir con comodidad material y tuviéramos la posibilidad de pensar por nosotras mismas, de sentir en libertad, de elegir nuestras opciones de vida.
Mujeres comprometidas con nuestro planeta  que deseamos criar  a nuestros hijos desde la coherencia de quienes realmente  somos, desde el respeto, la libertad, la cooperación, el amor, la autenticidad.
Realmente me dan igual los nombres. Son etiquetas. Ni están bien ni están mal, son sólo palabras necesarias para nombrar un amplio concepto. Son subjetivas. Para cada una de nosotras tienen un distinto significado desde nuestra particular visión del mundo y por lo tanto discutir por ellas me parece una pérdida de tiempo.

Lo que realmente me importa es que cada vez somos más las mujeres y los hombres que deseamos construir un mundo más amable y que creemos que esa revolución comienza en el vientre materno.
Eso es innegable, es palpable, ya está en la calle, en nuestro día a día, cada vez que vemos a una madre o un padre porteando a su bebé o amamantando en público, cada vez que en un hospital tiene en cuenta los planes de parto para reformar los paritorios, cada vez que se crea una nueva asociación de educación libre o un grupo de crianza…
Es la revolución del instinto, del piel con piel… llámala como gustes.

martes, 10 de enero de 2012

amor y odio

En mi ciudad natal vivían una mujer y su hija, que caminaban dormidas.
Una noche, mientras el silencio envolvía al mundo, la mujer y su hija caminaron dormidas hasta que se reunieron en el jardín envuelto en un velo de niebla.
Y la madre habló primero:
- ¡Al fin! -dijo-. ¡Al fin puedo decírtelo, mi enemiga! ¡A ti, que destrozaste mi juventud, y que has vivido edificando tu vida en las ruinas de la mía! ¡Tengo deseos de matarte!
Luego, la hija habló, en estos términos:
- ¡Oh mujer odiosa, egoísta y vieja! ¡Te interpones entre mi libérrimo ego y yo! ¡Quisieras que mi vida fuera un eco de tu propia vida marchita! ¡Desearía que estuvieras muerta!
En aquel instante cantó el gallo, y ambas mujeres despertaron.
-¿Eres tú, tesoro? -dijo la madre amablemente.
-Sí; soy yo, madre querida -respondió la hija con la misma amabilidad.

“Las sonámbulas” Khalil Gibran

El otro día me encontré con este texto y me quede pasmada. 
¿Cómo te has sentido al leerlo? A mi me pareció duro, incómodo… y real como la vida misma.
Quizá en primera instancia pueda surgir ¡Es una exageración! ¡Qué “mala madre”! ¡Eso no me va a pasar a mí!...
Ojalá que no aunque puede que sí.
Creo que casi todas, si no en las propias carnes, conocemos a un amigo de un amigo de un amigo que hace años que no se habla con sus padres, o que cuando se reúne con ellos acaban desencontrándose un poco más.
Miro a mi hijo, que está ahora durmiendo pacíficamente, y me pregunto ¿será posible que un día llegue a odiar a este ser que ahora amo con locura? ¿Qué el me odie a mi?...
Aunque me gustaría afirmar rotundamente que no, honestamente no puedo hacerlo ¡Seguro que la madre de la fábula no se imaginaba a si misma odiando a su hija! ¡Seguro que la hija no deseaba odiar a la madre!

¿Qué nos sucede como mujeres y madres para dar lugar a esa envenenada alquimia?
Me he acordado de “La trampa de la crianza con apego” que escribió Raquel Tasa hace unos días y me parece que ahí está la clave del comienzo de esta transformación de miel en hiel.

Cuando hablamos de la maternidad parece que tengamos que hacerlo en rosa. Y sí, la maternidad se pinta en rosa, y también en verde, y rojo, y azul y amarillo… y en negro, porque todas sabemos que hay momentos muy, muy negros.
Si no nos atrevemos a vivir esos días negros, o si lo hacemos en silencio temerosas de lo que dirán, o  culpables por sentir enfado, rabia, desamparo, incomprensión, miedo, tristeza, desesperación, impotencia, soledad… estamos un paso más cerca de acabar sonámbulas, soñando un azucarado día mientras vivimos un presente emponzoñado.

A veces podemos caer en la trampa de no reconocer, ni ante nosotras mismas este malestar. Pensando que al no decirlo en voz alta desaparecerá, que no sentiremos más esas “emociones inadecuadas”, que no pensaremos esas “cosas inapropiadas”, que desaparecerá ese anhelo profundo de realizarnos en aspectos que no tienen que ver en exclusiva con nuestro hijo.
Craso error. Al fin y al cabo cuando la amargura está ahí, la expresemos o no en alta voz, la comunicamos de mil maneras con todo nuestro cuerpo a nuestros hijos y todos los que nos rodean.
Con el agravante que además estamos enseñando a nuestros hijos que expresar sus sentimientos y perseguir sus deseos no es apropiado ni legítimo y obligándoles a entrar en el juego de “hijos modelos”.

Todas tenemos una “madre perfecta”. Un ideal construido con retazos de nuestra madre real, de la madre que nos hubiera gustado haber tenido, de la madre que nos han contado que deberíamos ser…
Y es justamente eso, un ideal, a veces tan alejado de la realidad que es imposible alcanzar.
Si permitimos que esa madre ideal (impecablemente amorosa, disponible, protectora, que nunca se enfada, ni duda…) devore a la madre real que somos (que por cierto ya es absolutamente perfecta en su imperfección) comenzaremos a atragantarnos.

Igualmente, aunque no seamos conscientes de ello todas tenemos un hijo ideal, ese bebé que nos hubiera gustado ser, con cualidades que nos agradan de nosotras mismas y todas las otras que añoramos, quizá un bebé que suscite el amor y la aprobación que nosotras no tuvimos por parte de nuestra familia…

Y me imagino que, al igual que nos sucedió buen día cuando éramos niñas y caímos en la cuenta que nuestros padres no eran tan altos, tan listos, tan fuertes, tan guapos, tan infalibles como habíamos estado creyendo, llegará también el dia, según nuestros hijos van creciendo y se van diferenciando de nosotros, en el que comenzaremos a sentir las diferencias entre ese hijo ideal y el ser real que verdaderamente es nuestro hijo.
Y puede que ahí se rompa el enamoramiento rosa.

Sin embargo, quiero creer que si nos despojamos de idealismos y nos vestimos de carne y hueso, si nos atrevemos a zambullirnos no solo en aguas mansas sino también en corrientes turbulentas, probablemente consigamos encontrar en nosotras ese amor ese que nos abarca en la totalidad, con todo nuestro espléndido repertorio de luces y sombras, ese amor “en lo bueno y en lo malo”, ese amor sin condiciones.

martes, 3 de enero de 2012

dar(nos) permiso



Los niños saben. Mucho más de lo que nos permitimos creer.
Los niños tienen una inteligencia corporal e instintiva innata. Si les proporcionamos un entorno adecuado y les arropamos con nuestro amor, nuestra piel y nuestra mirada ellos se despliegan como una semilla hasta convertirse en árbol. Viven cada etapa con naturalidad e intensidad y una vez completada pasan a la siguiente etapa de su desarrollo.

Un bebé recién nacido si se lo permitimos repta por el vientre de su madre hasta su pecho, y ahí, en su pecho y su regazo se queda durante semanas. Si se lo permitimos.
Y un día abre sus ojitos y “despierta”; comienza a dormir menos, a prestar más atención al mundo exterior. Quiere un poco menos de brazos y un poco más de espacio para experimentarse, para voltear y girar sobre sí mismo… Y un día ¡se sienta!. Ahí comienza una nueva etapa en la que explora el mundo de otra forma, en la que no solo su boca, sino también sus manos y sus ojos trabajan intensamente para descubrir su entorno.
Y nuevamente nos sorprende al arrancarse a gatear; primero tímidamente, bien cerquita nuestro, y luego cada vez un poquito más lejos hasta que se atreven a perdernos de vista por unos segundos que se van haciendo minutos mientras se deciden nuevamente a volver a nuestro regazo.
Gatea, se sienta, se gira y… ¡se alza!. Se pone en pie sujetándose a nuestras piernas, comienza a dar pasitos agarrando todo lo que pilla a su paso. No necesita andadores, ni manitas no solicitadas, él a su ritmo sigue progresando, conquistando su cuerpo y su propio movimiento, investigando sus posibilidades. Se cae, se levanta, se cae… y si se lo permitimos llega el momento en el que se suelta y comienza a andar.
Sigue experimentando con su movimiento, cada vez más complicado, más coordinado. Su curiosidad le lleva a seguir explorando nuevas formas, nuevos territorios y un día nos damos cuenta que casi no ha querido sentarse en nuestra falda, que casi no ha buscado nuestros brazos… y entonces sentimos el hueco de su cabeza apoyada en nuestro pecho. O no.

Hablo de lo importante que es para mí que nené tenga la teta, la piel, la mirada, el amor que necesita para ir conquistando progresivamente su confianza, su independencia y desarrollarse feliz.
El otro día una educadora me ayudó a ver el otro lado de la ecuación. Al igual que es importante que los niños sientan la permanencia de la madre cuando salen de una habitación, es importante para las madres habernos colmado de la presencia de los hijos para permitirles salir a explorar el mundo.
Porque… ¿Nos permitimos nosotras ir explorando, descubriendo, vivenciando intensamente todos los cambios que se van produciendo en nosotras como mujeres y como madres según van pasando los meses? ¿Nos damos la libertad para ser las madres que queremos ser? ¿Confiamos en nuestro cuerpo? ¿Nos rendimos a nuestro instinto?

Es necesario que las madres vivamos cada una de las etapas de nuestro “desarrollo maternal” con plenitud, para poder pasar a la siguiente. Que nos permitamos llenarnos de piel, de calor, de teta, de brazos, de caricias, de besos, de cosquillas, de miradas, de juegos…
Y por si fuera necesario, aclaro que no estoy hablando de cubrir egoístamente nuestras necesidades sin tener en cuenta al bebé. No se trata de retenerlo en nuestro regazo para llenar nuestros vacíos, para reparar nuestras carencias. Hablo de mirar hacia atrás y sentir que dimos todos los mimos que quisimos, que no se nos quedó en el tintero ninguna noche por velar, ningún cuento por contar, ninguna nana por arrullar...

Hablo de disfrutar siendo tierra fértil donde puedan anclar sus raíces, de sabernos viento suave y cálido que propicie que llegado el momento desplieguen sus alas, de saborear con todo nuestro ser el ser madre de un bebe, para poder ser luego la madre de un niño, de un adolescente, de un hombre.