lunes, 27 de febrero de 2012

¿¿¿corrector de qué???


Con la que nos está cayendo sé que esto es una nimiedad. Para mí ha sido la gota que ha colmado el vaso del despropósito.
Hoy he ido a la farmacia y ahí, al lado de los juguetes que tienen para los nenes, me he encontrado esta imagen:

Os prometo que he tenido que acercarme para asegurarme que lo que estaba viendo era lo que creía estar viendo. Pues si corrector de ojeras para una niña, que es lo primero que leí, me pareció fuerte, corrector de orejas…
Pero ¿qué edad tiene esta niña? En serio, qué mundo estamos creando cuando a una niña en lugar de hacerle saber lo maravillosa, bella, única, perfecta… que es ¡le pegamos las orejas al cráneo con una prótesis de silicona!

Hace semanas que vengo queriendo escribir sobre la violencia y no conseguía hacerlo porque vivimos en un mundo tan, tan, tan violento y estamos tan ciegos y tan insensibilizados ante ello que no sabía ni por dónde empezar. Y aún no consigo encontrar las palabras, así que sirva esta imagen como punto para la reflexión de quien guste de ello.

¿Exagero? Quizá alguien pueda pensarlo porque al fin y al cabo estoy hablando de un “inocente” corrector de orejas que va ocultar su defecto, que va a evitar que los niños se rían de ella en el cole, que… no se trata de una “violencia, violencia”: de un abuso, de una paliza, de una torta, de un insulto…
¿Tampoco es para tanto? Pues que quieres que te diga, si tu m(p)adre, la persona que supuestamente más te quiere en esta vida, esa de la que dependes para todo, a la que adoras, la que te nombra el mundo y te ayuda a construirlo, esa que te ama incondicionalmente. Si esa persona te hace saber y sentir que eres defectuosa, que hay partes de ti que no están bien, que necesitan ser corregidas ¿Cómo vas a aprender a amar tu cuerpo? ¿Qué imagen interna vas a desarrollar de ti misma?  
¿Se me va la olla? Puede. Para mí resume perfectamente esa violencia invisible que ejercemos “por tu bien”, sin ni siquiera saber lo que estamos haciendo.

lunes, 6 de febrero de 2012

sostener el llanto

Hay una cuestión sobre el llanto de los niños que me parece tremendamente incongruente. Por una parte esta la conocida frase “¡déjalo que llore, así se ensanchan los pulmones!” en cualquiera de sus múltiples variantes, y por otra la no menos conocida y versioneada “¡no llores, que no es nada!”.
A ver ¿en qué quedamos? ¿le dejamos que llore o que no llore? 

Vale, voy a intentar no ser tendenciosa. También está el otro lado de la historia: Salir corriendo a lo Speedy González para atender el llanto del bebé antes de que acabe siquiera el primer ¡buaaah! y sin embargo permitirle llorar a pulmón libre en lugares poco convenientes y en presencia de oídos inocentes.
Volvemos a lo mismo ¿le dejamos que llore o que no llore? 

O tal vez sea más acertado preguntarnos ¿nos permitimos o no dejarle llorar? Porque como todo en la vida no podemos acompañar a alguien a ir más allá del lugar al que nosotros nos hayamos permitido ir.
Para mí la respuesta depende de cómo entendamos el llanto del bebé, si como una estrategia manipulativa para fastidiar al prójimo o como una herramienta de supervivencia y comunicación.
Bueno, veo que me está costando lo de no ser tendenciosa así que, por si a alguien le queda alguna duda, puesta a tomar partido me incluyo en el segundo grupo.


Cuando estaba embarazada leí varios artículos sobre el llanto de los bebés como forma de expresión genuina, sobre los efectos perjudiciales que el desatenderlo causa en su sistema hormonal y neuronal, sobre la sensación de desamparo y la destrucción de la confianza básica…
Pero no fue toda esa teoría (en la que creo firmemente) la que me hizo salir rauda y  veloz a atender el llanto de nené, fue algo más simple y visceral ¡se me rompía el alma cada vez que le oía llorar y era absolutamente incapaz de hacer otra cosa que acudir a consolarle!
Y eso es lo que sigo haciendo a día de hoy.

Cuando nené llora le presto atención e intento averiguar qué quiere decirme.
A veces es, como cuando era bebé, se tratan de necesidades físicas básicas: hambre, sueño, pañal… Averiguo la causa, le pongo remedio y nené se calma.
Este para mi es el “llanto fácil”.

Ahora, según va creciendo muchas veces el llanto está provocado por situaciones más complejas que comienzan a abarcar más palpablemente el campo de lo emocional: un niño le quita un juguete, mamá no le deja el móvil, un perro pasa corriendo a su lado y se cae al suelo, un vecino le saluda con voz grave y se asusta… o simplemente que necesita llorar un rato para liberarse de algún dolor o tensión.
Este para mi es el “llanto difícil” porque no puedo hacer, solamente puedo ser.
No lo puedo evitar o solucionar, tan solo puedo permanecer a su lado acompañándole mientras llora, reconociendo su frustración y su dolor, nombrando la emoción, atenta a su expresión, presente para ayudarle a salir de su malestar cuando esté listo.
Y todo eso mientras me hago cargo del calidoscopio de emociones que se me presentan muchas veces ante su llanto: la impotencia por no poder solventarlo, la vergüenza del que pensarán, la exasperación, la rabia, las ganas de llorar que me entran a mi también ante su llanto impúdico e inconsolable… 

Si, el llanto de los niños es incómodo. No conozco a nadie que, haga lo que haga al respecto, se quede totalmente indiferente ante el llanto de un bebé, y si lo conociera no me fiaría un pelo.
Quizá por eso queramos cortarlo rápidamente, quizá por eso hagan falta estudios que demuestren científicamente algo que en el fondo de nuestra alma ya sabemos.
Que seamos niños o adultos siempre lloramos por algún motivo realmente importante para nosotros, que el llanto nos ayuda a integrar y sanar la tristeza y el dolor, que necesitamos sabernos amados y apoyados también cuando estamos dolidos.

Creo que la salud y la felicidad pasa por reconocer y ser capaz de expresar todo tipo de emociones, por ello, aún a riesgo de resultar borde y mientras el no sea capaz de expresar su opinión verbalmente, no permito hacia mi hijo comentarios del tipo “no llores, que eres un niño grande”, “cállate, no pasa nada”, “si lloras te vas a poner feo”, “los hombres no lloran”… Me parece una falta de respeto dirigirse de esa manera a un niño, un atrevimiento que no nos permitimos con los adultos.

Pdta: aprovechando el post de hoy, quiero agradecer la paciencia, empatía y comprensión de todas las personas que iban el otro día en el autobús y que compartieron con nosotros 10 minutos de llanto desesperado; a la señora que al yo tener los brazos ocupados sosteniendo a nené me ayudó a bajar la silla con una sonrisa cómplice, al conductor que cuando llegamos al final del trayecto se acercó y le dijo a nené “¡¿tan mal conduzco, peque?!” y amablemente se dirigió a mi  “¡este llanto suena a que le están molestando mucho los dientes!” y tambien al resto del pasaje que me hizo sentir arropada en mi vulnerabilidad.