sábado, 28 de abril de 2012

vuelta a la Uni


Las tardes que no vamos a la escuelita, desde que nené comenzó a caminar, salimos a dar una vuelta a la manzana. No os cuento nada nuevo si os digo que esa vuelta puede durar tranquilamente una hora o dos.
En una de nuestras excursiones nené decidió entrar en la uni y yo le fui a la zaga. Y así, literalmente de la mano de mi hijo he vuelto a la Uni.

La verdad es que nunca se me hubiera ocurrido que la Uni es un lugar genial para pasar la tarde con un niño que comienza a caminar. Pues sí, es un enorme parque de juegos de 5 plantas con rampas y escaleras para subir y bajar gateando, culeando, arrastrándose. Con suelos y paredes de diferentes texturas y colores, con vidrieras en techos y paredes que nos hacen flipar las tardes soleadas. Con largos y amplios pasillos para comenzar a corretear y coger velocidad, con rincones en los que esconderse y jugar al cucú-tás. Por no hablar de las fuentes en las que chapotear, los jardines super cuidados por los que pasear y ¡la cafetería!
Y como bonus-track tiene un montón de gente de talante amigable (excepto en épocas de exámenes) que se paran a hablar con nené e incluso se agachan a jugar con él.
En serio, la Uni ha sido un hallazgo. Y no solo por lo que tiene, sino también por lo que no tiene. Por todas esas pequeñas cosas que a veces nos amargan los paseos. No tiene excrementos de animales, colillas o basura por el suelo. No tiene cosas peligrosas de manipular (salvo una docena de enchufes que ya tengo localizados), ni cosas que no se puedan tocar. No tiene coches ni motos de los que ocuparme, ni ruido de tráfico, ni gente apresurada…

Esto me ha animado a seguir buscando y recuperar espacios conocidos para disfrutar en familia. 
¡Es hora de utilizar creativamente los recursos de los que dispone la ciudad visibilizar a las madres y a los niños! ¿alguna idea?

domingo, 22 de abril de 2012

crianza corporal: mi camino hacia una maternidad gozosa.

Fuimos concebidos desde la pura corporeidad. Fue la inteligencia corporal de nuestros padres la que nos brindó la oportunidad de llegar a la vida. Fue la sabiduría ancestral de nuestro cuerpo aún en proyecto la que consiguió que la vida se abriera paso y se creara un nuevo e inimitable ser.
Cuando llegamos a este mundo no fueron los pensamientos los que nos ayudaron a instalarnos y a sobrevivir, ni siquiera los sentimientos. Fueron las sensaciones de placer y displacer que nos dictaba nuestro propio cuerpo las que nos guiaron para reclamar y conseguir lo que necesitábamos. Fue el instinto corporal el que nos ayudó a que la vida prosperara.

Poco a poco fuimos madurando, integrando movimientos internos y externos, desarrollando todo el potencial de nuestro cuerpo y desde ahí conociendo el mundo, aprendiendo conceptos, nombrando sentimientos y despertando en nosotros el conocimiento abstracto.

Y debió ser por ahí, en algún paso del camino, que nos desprendimos de nuestro propio cuerpo, que se nos olvidó el poder y la sabiduría que encierra, que dejamos que se nos empolvara y lo convertimos en un mero vehículo con el que ir transitando por esta vida sin prestarle más atención que unos mínimos servicios de mantenimiento.

Desaprendimos nuestro cuerpo, dejamos de sentirlo, de habitarlo en toda su magnificencia y comenzamos a ocuparnos de él como una mera rutina más o menos molesta. Asearlo, alimentarlo, ejercitarlo, descansarlo. Así, en tercera persona, como si fuera algo ajeno a nosotras.
Tal vez comenzamos a prestar más atención a las palabras que a las sensaciones y relegamos a la inconsciencia esas sensaciones corporales que no eran nombradas, desechándolas como imaginaciones infantiles. O quizá es que nunca nos permitieron seguir nuestros impulsos primarios, fiarnos de nuestros instintos vitales tachándolos de salvajes, inapropiados o peligrosos y los fuimos descartando para que no nos entorpecieran nuestra rutina socialmente adaptada.

Lo cierto es que en nuestro afán por crecer, nos hemos olvidado de cuidar nuestra corporeidad, el espacio real que habitamos donde todos los pensamientos, sentimientos y emociones se materializan. Nos hemos desahuciado a nosotras mismas, deshabitando nuestro propio cuerpo femenino, desprestigiando ese espacio de sabiduría autentico, nuestra esencia, que nos habla desde dentro mostrándonos que necesitamos para avanzar.
Cuando en realidad, esos impulsos internos son todo lo que necesitamos para desplegar toda nuestra vitalidad y encontrar nuestro camino en este mundo.

¿Crees que exagero? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste consciente del bamboleo de tus caderas al ritmo de tus pasos, de las sensaciones de tus pies al posarse en el suelo, que sentiste el placer de caminar? ¿Recuerdas la última vez que sentiste como la saliva inundaba tu boca ante el olor de una comida prometedoramente sabrosa, como se iba disolviendo en tu boca al masticarla, como bajaba hacia tu estomago al tragarla? ¿Cuándo fue la última vez que tuviste contigo misma la cortesía de mirarte al espejo y brindarte una mirada amorosa, maravillarte por la perfección de esta maquinaria de carne y hueso que te permite seguir disfrutando de esta vida? ¿Cuándo fue la última vez que te amaste, que tocaste tu piel, sentiste el sabor de tu boca, que prestaste atención al sonido de tu respiración, que disfrutaste desperezándote o moviendo tu cuerpo? ¿...?

Aclaro que no reniego de mi parte mental, emocional o espiritual. Muy al contrario, soy plenamente consciente que para vivir en armonía necesito prestar atención a todos los aspectos que me conforman, nutriéndolos por igual. Y para mí el cuerpo es la vía más directa y confiable para vivenciar y entender todos estas partes de mi misma, integrándolos de una forma coherente en mi realidad.

Si, muchas veces consigo enredarme con los conceptos abstractos; me superan, me pierdo en ellos, entrando en un laberinto mental del que las palabras por si mismas no consiguen sacarme. Sin embargo cuando esas palabras resuenan en mi cuerpo toman un espacio propio y consigo entenderlas.
Si, a veces no sé exactamente lo que siento, las emociones me burbujean por dentro sin acabar de definirse. Sé entonces que necesito aquietarme y localizar en el cuerpo las sensaciones físicas que las acompañan y así puedo descifrar la rabia en mis puños cerrados, la alegría en mi pecho abierto, la tristeza en el nudo de la garganta.
Percibo la conexión con  la espiritualidad a través de la respiración profunda que me calma, al percatarme que mi pulso es más lento, mi mirada más limpia, mi piel más sensible...
Sé sin ninguna duda cuándo mi relación con otro es sincera, cuando una mirada me traspasa y mi cuerpo se caldea por dentro, cuando me fundo en un abrazo y nuestras respiraciones se hacen una.
Es a través del cuerpo que pienso, siento, me conecto con mi esencia, con la de otros seres, con la esencia de la vida. Y desde ahí todo es sorprendentemente ligero y comprensible, no hay más que respirar y fluir con el movimiento, en una danza continua.


Desde este marco no hay para mi otra crianza posible que la crianza corporal. Una crianza materializada desde el placer, desde las entrañas, desde un deseo interno que aglutina todo mi ser y que me impulsa a complacer las auténticas necesidades que se van manifestando día a día, desde mi cuerpo en relación con el de mi hijo.
Ese deseo el que me llevó a concebir, esa voz interna la que me acompañó durante el parto, ese instinto el que me indicó como acercar a mi hijo al pecho, como acunarlo, acariciarlo, besarlo, olisquearlo, como acompañarlo...  Este cuerpo de hembra puérpera, de mujer y de madre, que dieciséis meses después anhela sentir día y noche el calor de su piel y el latir de su corazón cerca del mío.

Por esto, y algo más que seguro que me dejo en el tintero, cuando hablo de crianza corporal estoy hablando de mi propia vía para alcanzar una maternidad gozosa.

Creo que la crianza corporal es única para cada una de nosotros, como únicos e irrepetibles son nuestros cuerpos y nuestros deseos. Va más allá de etiquetas, métodos o teorías. Es más, en esencia nada tiene que ver con ellos. Porque no se trata de parto natural, de colecho, porteo, lactancia... No se trata de imitar patrones externos sino de volver a habitar nuestro cuerpo, de sintonizarnos con nosotras mismas, dejarnos sentir y permitirnos criar a nuestros hijos desde ese placer entrañable.