lunes, 21 de mayo de 2012

el nacimiento y la economía.


Te propongo un ejercicio rapidito para comenzar a leer el post:
Lee esta palabra:
PARTO
Ahora respóndete sinceramente
¿Cuál es la primera imagen que te ha venido a la mente?

Para la mayoría de nosotras la imagen mental asociada con parto es la de una mujer sudando y gritando medio enloquecida, tumbada en una camilla en una sala ruidosa e iluminada rodeada de gente, de instrumentos, de cosas.
Esa es la imagen que tras décadas de publicidad más o menos sutil en películas, revistas, televisión… ha quedado grabada en nuestro inconsciente femenino colectivo como la realidad del parto.
Esto es lo que nos han vendido y esto es lo que hemos comprado
Parir cuesta, en la doble acepción del término: es costoso por doloroso y es costoso porque necesitamos comprarlo y pagarlo.
Mujeres: ¡es una gran mentira!
A ver si nos enteramos de una vez que parir no duele y que parir no cuesta dinero.
Para parir lo único que hace falta es estar preñada y confiar en la sabiduría de nuestro cuerpo. Para parir gozosamente solo precisamos estar conectadas con nosotras mismas. Para parir confortablemente tan solo necesitamos sentirnos seguras y protegidas.

A pesar de que hace décadas existen estudios científicos de multitud de disciplinas que abogan por un parto respetado y demuestran la importancia de un nacimiento respetado, para cada ser humano en particular y para la sociedad en general, seguimos obviándolas.
¿Por qué? Porque todo lo que envuelve a la maternidad se ha convertido en un gran negocio que mueve millones.
No voy a aburriros con cifras y datos objetivos. Hoy no pretendo ser objetiva, sino declarar que las madres y las criaturas no somos objetos de consumo.

El parto es solo un eslabón de la cadena de este negocio que comienza ya en el embarazo y se prolonga durante toda la crianza.  Sin embargo es un eslabón importante, porque una mujer que se haya sentido respetada en el parto se convertirá con más facilidad en una madre entrañable, conectada con ella misma y con las necesidades del bebé.
Y, pura especulación, es bastante probable que cargada hasta las trancas de prolactina y oxitocina, y empoderada con la vivencia de corporalidad mamífera prefiera para la criatura sus pechos a la leche de formula y los chupetes, su piel a los cochecitos, las cunas y los balancines, su instinto a los consejos de familiares, amigos y “especialistas”.
Y puede ser que en cada nuevo paso del camino junto a ese ser, en cada duda como madre novata, en cada crisis de crianza recuerde que ella fue capaz de parir a ese ser fiándose tan solo de sus instintos, y puede que decida educarlo siguiendo libremente esos mandatos internos. Porque sabe que puede. Porque se respeta. Porque respeta la sabiduríade la criatura que supo salir libremente de sus entrañas.
Y eso no interesa, porque eso, mujeres, no vende.

viernes, 11 de mayo de 2012

corazón partido

Hoy hace un año que volví al trabajo.
Me recuerdo redondeada en mi nube oxitocínica, toda cuerpo, toda sensaciones, toda piel y kairos. Con los pechos rebosantes, llorando leche. Tuve que acorazarme para no llorar lágrimas, para no oxidar el blindaje. No, no estaba preparada para separarme de nené. No estaba preparada para funcionar en un mundo de adrenalina y flechas, en un mundo aséptico hecho de kronos y de ruido.

En parte me consuelo pensando que al menos durante esas horas nené ha estado igualmente rodeado de amor y de cuidados, envuelto en la mirada y la protección de su padre. Pero solo en parte, porque lo cierto es que no ha estado conmigo. No he estado con él.
No hay nada que compense los segundos, los momentos que he perdido al lado de nené. Nada hay que repare los instantes en los que él ha sentido mi falta, mi abandono. Nada de lo diligentemente trabajado durante este año vale una mísera parte del alto precio que hemos pagado ninguno de los tres.

Aún hoy me duele. Se me saltan las lágrimas mientras escribo. Y está bien, necesito lavar esta herida, sacarme la espina que llevo dentro por no haberlo sabido hacer de  otra forma.
Me he traicionado a mí misma, esa es la verdad, aunque me duela asumirlo.
No he sido capaz de seguir los impulsos de mi corazón, el clamor de mis entrañas, me he rendido al miedo.
Nada he hecho en este año que justifique las 8 horas diarias de separación. Nada. Salvo la necesidad de un sueldo con el que sobrevivir y el temor a no volver a encontrar un trabajo.

No voy a engañarme a mí misma contándome la patraña del tiempo de calidad. A estas alturas de la jugada no voy a ser tan cínica.
Si, tiempo de calidad, y si, tiempo en cantidad. Y ni una cosa ni la otra. Hemos tenido poca cantidad y la calidad no ha sido ni de lejos la deseada. ¿Cómo puede serlo cuando hay días que llego a casa rebosando estrés, cansancio e impaciencia, cuando estoy tan cansada que necesito hacer un esfuerzo titánico para pasar la tarde jugando con nené sin quedarme dormida de puro agotamiento, cuando me desgasto tanto sobreviviendo que tengo que sacar fuerzas de donde casi ni quedan para Vivir?

Hace ya un año y no me acostumbro a separarme de él por las mañanas, aún dejándoles plácidamente dormidos. Sangro por dentro cuando me voy y le dejo llorando, a sabiendas que solo precisa de mi regazo, mis pechos y mis brazos para encontrar consuelo.
No me acostumbro y sé que nunca podré acostumbrarme.
Es más, no quiero acostumbrarme a vivir despiezada.

martes, 8 de mayo de 2012

bienestar social: crónica de una muerte anunciada... y por todos nosotros consentida.

Hoy estoy indignada. Muy, muy enfadada. Avergonzada de mí misma, de la generación a la que pertenezco y de la sociedad en la que vivo y de la que formo parte.
¿Cómo hemos dejado que nos birlaran impunemente la red de bienestar social que con tanto esfuerzo han conseguido para nosotros nuestros mayores? ¿Cómo estamos permitiendo que nos esquilmen sin protestar? Y digo protestar, no rezongar por lo bajinis mientras día a día leemos en el periódico los nuevos recortes que estamos dejando que nos apliquen.
¿Cómo es posible que no salgamos a la calle a reclamar lo que es nuestro? ¿Qué digamos un basta ya tan rotundo que no haya maquillaje mediático que sea capaz de encubrir las riadas de gente en las calles, de acallar el clamor popular?
Vergüenza me da si esta situación sigue adelante y en unos años tengo que explicarle a mi hijo como permití que nos robaran el derecho a la salud, a la educación, a una red de protección social básica.

En serio, ¿somos conscientes de lo que estamos permitiendo, de lo que estamos co-creando con nuestro silencio y nuestra permisividad? Nos estamos dejando comer la tostada, que diría mi padre; nos están ninguneando, que diría mi madre; somos tontos de remate, digo yo. Porque si tonto es el que hace tonterías, creo que como generación no hay tontería más grande que permitir el derrumbe del bienestar social.
Y parece que nos importa un pimiento, que no va con nosotros, burgueses de pacotilla cómodamente instalados en nuestro silloncito Ikea, viendo las noticias en la tele de plasma de 32”, y sin movernos mucho por miedo a perder lo que tenemos (¿¡!?). Sin darnos cuenta que el bienestar público no por público cae en el limbo de “los otros” sino que es de todos y somos todos y cada uno de nosotros los que tenemos que cuidarlo y defenderlo.

No tenemos redaños, parece que la sangre se nos ha quedado congelada en las vísceras, estamos atenazados por el miedo, empequeñecidos en nuestro egoísmo, oxidados en nuestra individualidad, acomodados, aburguesados, infantilizados. Esperando que alguien, otro, nos saque las castañas del fuego, que venga a salvarnos, que arregle las cosas… ¡ Y así nos va!
Culpando al otro, al gobierno, como si el gobierno fuera un ente que aparece de la nada en lugar de la representación que nosotros como ciudadanos de este país hemos elegido para liderarnos. ¡Por favor, comencemos a portarnos como adultos, asumamos nuestra parte de responsabilidad en toda la situación mundial, recuperemos nuestra voz y nuestro poder y hagamos valer nuestros derechos y necesidades!

Llevo 24 años trabajando y durante todo este tiempo he aportado una parte de mi sueldo para contribuir a una sociedad más solidaria.
Y aunque ese dinerito me hubiera venido muy bien para mis cositas, realmente he contribuido de buen grado. Porque aunque afortunadamente no he necesitado recurrir a la sanidad publica para nada importante, quiero pensar que si algún día enfermo tendré la mejor atención posible, y solo tendré que pensar en recuperarme, no en como pagar las facturas. Quiero creer que aunque no esté en absoluto de acuerdo con el modelo educativo, mi hijo tendrá acceso a una educación y podrá disponer de los recursos necesarios para formarse según sus deseos y habilidades. Quiero tener la tranquilidad de saber que si por cualquier motivo me quedo sin trabajo, podré pagar el alquiler y la comida mientras encuentro otro.
Porque deseo vivir en una sociedad lo más justa e igualitaria posible, en la que cualquiera, independientemente de edad, sexo, raza, religión, clase social esté mínimamente amparada cuando la vida le presente su lado amargo.

Por fortuna en estos últimos 50 años hemos conseguido mejorar nuestra calidad de vida. Por desgracia en el camino nos hemos olvidado que hace tan solo unas décadas la salud y la educación eran cosas de ricos, que los derechos de los trabajadores ¡ah, espera, que los trabajadores no teníamos derechos!
Nos hemos acostumbrado a disponer libremente de una sanidad de calidad, de unos recursos académicos al alcance de todos que los damos por sentados, sin valorarlos en su justa medida.
Y no es por ponerme trágica, ojalá me equivoque de medio a medio y en breve no nos veamos obligadas a elegir entre comer y pagar la factura del medico de nuestro hijo, o tengamos que elegir a cual de nuestros hijos les pagamos los estudios o…
Y no, no exagero porque ahí es hacia donde vamos como no movamos el culo ya y tomemos las riendas de nuestra vida de una vez por todas.
Y ojo, que en temas socio-políticos y económicos no soy especialmente clarividente, pero soy curiosa y me gusta informarme por varias vías de lo que sucede en el mundo. Y aún a riesgo que me tachéis de cospiranóica todo lo que está pasando ahora, y todo lo que probablemente va a suceder en España y en Europa y en el mundo en las próximas décadas, está contado  con pelos y señales desde hace años en documentales como “La doctrina del Shock”, “Zeitgeist” o cualquiera de los documentales de Michael Moore (si queréis haceros una idea de lo que es vivir con una sanidad privatizada os recomiendo encarecidamente “Sicko”)  por citar solo unas pocas de las fuentes más conocidas.

Si en algo te está removiendo estoy que escribo y te está entrando el gusanillo de salir del letargo y poner tu granito de arena para  cambiar esta situación,  te diré que ya somos dos. Y no, yo tampoco se muy bien que hacer, yo también me siento sobrepasada e impotente, pero sé que ya no puedo permanecer más tiempo callada e inmóvil.
Se me ocurre que podemos empezar por reconocer el poder de nuestra voz, salir a la calle, unirnos a las manifestaciones de diferentes colectivos para salvaguardar nuestros derechos, en lugar de quedarnos en casa pensando que la educación es cosa de maestros y la sanidad es un tema de los médicos.
Y si nuestros dirigentes no nos escuchan y siguen escudándose en el fantasma de la crisis para desposeernos de nuestros derechos básicos, si siguen recortando de temas vitales para la mayoría de la población mientras despilfarran nuestros recursos llenando bolsillos privados, siempre podemos elegir otros representantes que nos lideren.
Desde luego como no vamos a conseguir nada es quedándonos quietos y callados. Entre todas podemos encontrar la manera de salir de este atolladero y recuperar un estado de bienestar como primer paso para un retorno a una sociedad matrística.

¿Te atreves a hablar ahora o prefieres callar para siempre?